Un bello reflejo
Sheryl observó al delfín alejarse nadando con su hoja amarilla, sintiendo una profunda sensación de calidez y felicidad. No había oro pirata que llevar al barco, pero de todos modos se sentía increíblemente rica. Mientras comenzaba a ascender lentamente hacia el barco de buceo que la esperaba, un hermoso pensamiento vagó por su mente, haciéndola sonreír bajo la máscara.
Se dio cuenta de lo maravillosamente conectados que estaban ambos mundos. Los humanos pasaban el tiempo buceando en las profundidades del océano, fascinados por el mar, recogiendo cuidadosamente conchas marinas lisas y corales de colores porque pertenecían al misterioso mundo marino. Era una forma de llevarse a casa un trozo del océano.
Quizá los delfines hicieran exactamente lo mismo a la inversa. Sheryl se preguntó si a este juguetón mamífero le fascinaba la tierra, recogiendo hojas caídas del mundo de arriba simplemente porque pertenecían a la orilla. Para el delfín, aquella hoja amarilla brillante era una rara y exótica muestra de un reino diferente. Con una última mirada a la vaina, Sheryl salió a la superficie, cargada con una historia mucho mejor que el oro.