A la mañana siguiente, Clara comenzó la lúgubre tarea de ordenar. Recorrió las habitaciones con concentrada eficacia, apilando ropa apolillada en bolsas y apilando muebles modestos. Mark había vivido con sencillez, casi como un ermitaño. No había televisión, ni radio y, sorprendentemente, tampoco fotografías. Para un hombre que vivió treinta años en un mismo lugar, no había dejado casi ningún registro visual de su existencia.
Mientras trabajaba, empezó a notar pequeñas e inquietantes incoherencias. Todas las puertas de la casa se habían reforzado con pesados cerrojos de latón, pero estaban instalados en el exterior de las habitaciones. Las cerraduras no estaban diseñadas para impedir la entrada de un intruso, sino para mantener a alguien dentro. El descubrimiento le produjo una sensación creciente de temor. ¿Quién era exactamente su tío o con quién trabajaba?
Encontró un armario cerrado con llave en un rincón del estudio y docenas de mapas dibujados a mano del terreno local. Eran bellamente intrincados, mostrando cada grieta y cresta. Un oscuro pensamiento empezó a arraigar: tal vez Mark no había sido un ermitaño, sino un engranaje de algo ilícito. Entre las cerraduras exteriores y los senderos secretos de la montaña, parecía menos un hogar y más un centro para algún trabajo peligroso..