Su tío le dejó una vieja casa en las montañas y ella descubrió lo que escondía..

El viaje fue un lento ascenso hacia el aislamiento. Clara tomó el tren hasta donde llegaban las vías, y luego cambió a un coche de alquiler que subió con dificultad por una carretera estrecha y sinuosa ahogada por los pinos. Por fin apareció la casa, encaramada sobre una losa gris de roca. Era vieja y sólida, construida con madera pesada y piedra local. Desde fuera, no parecía nada especial, sólo otro centinela silencioso que dominaba el valle.

Una anciana vecina llamada Ida la recibió en la puerta. La mujer iba envuelta en un grueso chal de lana a pesar del aire templado. Le entregó la pesada llave de hierro con un toque persistente. Ida miró a Clara con una expresión difícil de descifrar, no de lástima, sino de curiosidad. Parecía esperar que Clara dijera algo, pero Clara se limitó a asentir cortésmente.

Por dentro, la casa era una cápsula del tiempo. Clara entró por un pequeño cuarto de barro con suelo de piedra, lleno de ganchos oxidados para botas y pesadas estanterías. Olía a papel viejo, a chimenea fría y a tabaco de pipa. Todo estaba en su sitio. No había ninguna capa de suciedad, sólo la quietud de un reloj que por fin ha dejado de sonar. Era un espacio de trabajo para una vida vivida enteramente en singular.