Su tío le dejó una vieja casa en las montañas y ella descubrió lo que escondía..

Todo había comenzado tres semanas antes, con un timbre agudo y persistente en mitad de la tarde de un martes. Clara contestó con una voz seca y formal: era un notario de una ciudad que no había visitado desde su infancia. Su tío Mark había muerto. Había sido un recluso, una sombra en las historias de su madre que había vivido solo en una casa de montaña durante treinta años. Hacía una década que no se hablaban.

La noticia le produjo un peso extraño y vacío. Mark era el único hermano de su madre, un hombre que al parecer había preferido el aislamiento al mundo. Como no quedaba nadie más en el linaje, Clara fue nombrada única heredera. Era muy práctica. No creía en fantasmas ni en secretos familiares; creía en la logística y en los hechos.

Se tomó una semana libre para arreglar la herencia. El plan era sencillo: viajar a la montaña, limpiar el desorden, reunirse con el notario y poner la propiedad a la venta lo antes posible. Era una tarea, un último deber para con un hombre al que apenas conocía. Hizo una sola maleta y una caja de bolsas de basura resistentes, dispuesta a borrar la vida de un hombre que se había pasado la existencia siendo invisible.