Una profesora está harta de las travesuras del matón de la clase, así que hace esto para darles una lección a él y a sus padres, que se creen con derecho a todo…

Priya Nair llevaba enseñando inglés en el instituto Westfield desde que tenía veintiséis años. Había empezado el trabajo pensando que se quedaría dos o tres años y luego buscaría otra cosa.

De eso hacía ya catorce años. Se quedó porque el trabajo era auténtico. Los adolescentes de esa edad aún se estaban formando —aún decidiendo qué iban a valorar y cómo iban a tratar a los demás— y ella creía que el aula tenía un papel que desempeñar en ello, aunque a veces fuera difícil de apreciar.

Su reputación entre los alumnos era dispar. Los que se esforzaban decían que era justa. Los que no lo hacían decían que era exigente. Tenía una norma que nunca incluía en el programa de estudios, pero que siempre cumplía: no daba por sentado que un alumno entendiera algo hasta tener pruebas de ello. Este año tenía treinta y un alumnos en su clase de inglés de 3.º de ESO. Con treinta de ellos podía trabajar. El trigésimo primero era Brennan Holloway.