Una vez completado el armazón básico, pasó a la parte que lo transformaría en una cesta. En lugar de detenerse tras el primer juego de palos, repitió el mismo proceso con otro par. Los nuevos palos se insertaron con cuidado justo fuera del marco original, utilizando las cuerdas cruzadas para mantenerlos firmemente en su lugar. Luego se añadió otro par. Y otro más. Con cada nueva capa, la cesta se expandía gradualmente hacia el exterior.
Lo que hacía que el diseño fuera tan ingenioso era el poco material que necesitaba. No había clavos, tornillos, soportes ni herramientas especiales. Las cuerdas cruzadas hacían casi todo el trabajo, sujetando cada nuevo palo e impidiendo que se saliera de su sitio. A medida que se iban añadiendo capas, la estructura se hacía más resistente. También se hizo mucho más atractiva. El patrón repetitivo de palos empezó a crear un efecto de tejido rústico, haciendo que la cesta pareciera más algo comprado en un centro de jardinería que algo ensamblado en un patio trasero con ramas caídas.
A estas alturas, el armazón original estaba casi oculto bajo las nuevas capas. Por fin, la cesta empezaba a estar completa. Pero antes de seguir adelante, le dio un último repaso, recortando los cabos sueltos y el exceso de cuerda para darle un aspecto más limpio y pulido. Y fue entonces cuando sacó a relucir más trucos para ahorrar dinero: