La parte ingeniosa del proyecto vino a continuación. Después de unir los dos primeros palos con cuerda, giró suavemente el marco hasta que las cuerdas se cruzaron en el centro. El resultado fue una simple «X» que se extendía entre los palos. A primera vista, el cambio no parecía especialmente importante. Pero ese simple giro fue lo que hizo posible toda la cesta. Al cruzarse las cuerdas, se crearon de forma natural aberturas tanto en la parte superior como en la inferior del armazón. Esas aberturas se convirtieron en el lugar perfecto para insertar otro par de palos.
Se deslizó un palo por la abertura de la parte superior. Otro se introdujo por la parte inferior. Casi de inmediato, la estructura empezó a mantener su forma. Lo que parecían dos palos unidos por trozos sueltos de cuerda, de repente parecía el comienzo de una auténtica cesta. Los nuevos palos actuaban como travesaños, ayudando a fijar todo en su posición y evitando que el armazón se retorciera sobre sí mismo.
Unos pequeños ajustes bastaron para cuadrarlo todo. Y por primera vez, se hizo evidente que no se trataba sólo de un ingenioso truco de jardinería. Iba a funcionar de verdad. Pero, sorprendentemente, este pequeño armazón era sólo la base. La verdadera cesta no empezaría a tomar forma hasta que ella empezara a repetir el proceso una y otra vez.