Este hombre está harto de que los perros de sus vecinos ensucien su jardín: hace esto para darles una lección

El césped delantero de Walter se extendía hasta el sendero, dividido de éste sólo por un borde bajo de ladrillo que ningún perro había tratado nunca como límite. El problema había empezado hacía dieciocho meses, cuando tres nuevas familias se mudaron a Clover Lane con pocos meses de diferencia. Las tres tenían perros. Los Peterson tenían un golden retriever llamado Biscuit que era alegre y enorme y parecía producir desechos en cantidades que desafiaban la biología. Los Nguyen tenían dos pequeños terriers que ladraban sin pausa y tenían la costumbre de cavar. Y los García tenían un bulldog llamado Tank que se movía lentamente pero dejaba constancia de sus visitas como una tarjeta de visita.

A Walter no siempre le habían disgustado los perros. Él mismo había tenido uno, un beagle llamado Pepper, hacía años. Pero a Pepper lo paseaba con correa, lo limpiaba con una bolsa y nunca lo dejaba entrar en propiedades ajenas. A estos perros los paseaban sin bolsa, les soltaban la correa en la acera y sus dueños se quedaban mirando el móvil mientras los animales deambulaban libremente por el césped de Walter. Él lo había visto. Lo había visto con sus propios ojos, desde detrás de su cortina, muchas veces.