Abrió la puerta y se encontró con dos agentes uniformados en el porche, con las manos cerca de los cinturones y los ojos escudriñándolo desde sus botas polvorientas hasta la bolsa de viaje que aún estaba junto a las escaleras. Antes de que pudiera dar explicaciones, el agente más cercano habló primero, con voz monótona y protocolaria. «Señor, hace unos minutos se ha activado una alarma en esta dirección. ¿Puede decirnos quién es y por qué se encuentra dentro?».
Daniel abrió la boca para decir que vivía allí, pero entonces se dio cuenta de lo extraño que sonaría eso viniendo de un hombre vestido con uniforme de combate y sin ninguna identificación más allá de la que llevaba guardada en el fondo de su bolsa. De todos modos, se lo explicó: su nombre, el de su mujer, que acababa de llegar a casa antes de lo previsto desde el extranjero y que no sabía nada de ningún sistema de alarma.
La expresión del agente no cambió. «Vamos a necesitar algo para confirmarlo. ¿Puedo ver algún documento de identidad?». Daniel se agachó para rebuscar en su bolsa de viaje, con las manos repentinamente temblorosas de una forma que siete meses de despliegue nunca habían logrado provocar. A sus espaldas, el segundo agente hablaba en voz baja por la radio, y Daniel captó lo justo para que se le oprimiera el pecho.