Hace siete meses, la mañana en que se marchó, Laura se había quedado en la entrada con la bata puesta, negándose a llorar delante de él porque decía que eso traería mala suerte al regreso a casa. Se había aferrado a esa imagen durante cada largo turno, cada tormenta de arena, cada noche en la que no podía dormir por el calor. Ella le había prometido que le esperaría, y él nunca había dudado de ella ni una sola vez.
Allí fuera, se había imaginado todo este día en su cabeza. Entraría, ella gritaría su nombre y los últimos siete meses se desvanecerían en nada en el instante en que ella volviera a estar en sus brazos. Había pensado en su risa más que en su propio hogar, porque para él, ella era su hogar.
Otros compañeros de su unidad habían recibido cartas que ponían fin a sus relaciones, llamadas telefónicas que se quedaban en silencio durante semanas, fotos en Internet que no coincidían con las historias que les habían contado. Él nunca había tenido que preocuparse por nada de eso. Laura le escribía cada semana sin falta, hasta hace dos semanas, cuando sus cartas simplemente dejaron de llegar. Se había dicho a sí mismo que no era nada: problemas en el reparto del correo, una semana ajetreada, cualquier cosa menos la alternativa. Ahora, de pie en su propia cocina, rodeado de cosas que no reconocía, ya no estaba seguro de creerlo.