Necesitaba saber más antes de encontrar a Laura, así que volvió al pasillo, con la cabeza aún dando vueltas. Había volado dieciséis horas, había cambiado de avión dos veces y había evitado llamar con antelación precisamente para poder ver su cara cuando ella abriera la puerta. Nada de eso importaba ahora comparado con la pregunta que le oprimía el pecho.
La casa estaba exactamente como la recordaba: las mismas fotos familiares en la pared de la escalera, la misma marca de roce junto a la puerta de la cocina que tenía pensado arreglar antes de marcharse. Nada parecía haber sido tocado, salvo lo que acababa de encontrar. La llamó en voz baja, más por costumbre que por esperanza, y no obtuvo respuesta.
En la cocina, un jarrón con flores se marchitaba sobre la encimera, con dos días de retraso respecto a su momento de máximo esplendor, y una tarjeta apoyada junto a ellas. La cogió y le dio la vuelta, buscando un nombre, pero la tinta se había corrido por la condensación, dejando solo unas pocas letras ilegibles. La volvió a dejar exactamente como la había encontrado. Alguien le había estado comprando flores mientras él estaba fuera…