Un hombre se apresura a salvar a una cría de rinoceronte de la carretera; segundos después, se le desploma el corazón

Maniobró el camión fuera de la carretera y el vehículo se balanceó violentamente sobre el terreno irregular y soleado. Al entrar en el claro, la visión le dejó helado. Una cría de rinoceronte estaba congelada en su sitio, con el cuerpo rígido como una tabla. No estaba pastando ni deambulando, sino en una postura rígida, como una estatua. Tenía la mirada fija en una mata de hierba dorada de elefante a unos cincuenta metros de distancia.


Elías no se precipitó; apagó el motor y salió, con el silencio de la maleza oprimiéndole los tímpanos. La quietud era absoluta: ni pájaros, ni viento, ni siquiera el susurro de los insectos entre los matorrales. Se movió con una deliberación angustiosa, con la mano cerca del cinturón. Probó la radio una vez más: «Base, tengo un posible incidente. ¿Me reciben?»


No obtuvo más respuesta que un zumbido rítmico y pulsante que parecía vibrar en sus mismos dientes. Entonces se dio cuenta de que el silencio no era sólo una ausencia de sonido, sino una presión pesada y sofocante, como si el paisaje contuviera la respiración.