Al percibir el cambio en el ambiente, el perro dejó de gemir. Levantó la cabeza de golpe, se le erizó el pelo de la nuca y adoptó una postura amplia y ferozmente defensiva sobre la niña inconsciente. Nadie iba a hacerle daño. Una vibración grave y retumbante sacudió su enorme pecho: una advertencia de que moriría antes de dejar que se acercaran. —¡No disparéis! ¡Guardad esas armas! —ordenó Elena, pasando por delante del mostrador de seguridad y interponiéndose directamente entre los guardias y el perro—. ¡Miradlo! ¡Mirad a la niña! ¡Él no la ha atacado, la ha traído aquí!
Los guardias dudaron, con las armas aún en alto, y la mirada oscilando entre Elena y el enorme perro lleno de cicatrices. Elena se arrodilló, manteniendo sus movimientos lentos, deliberados y totalmente inofensivos. Habló en voz baja, tratando de calmar la sensación de traición que el animal claramente sentía. «Buen chico», susurró Elena, con la voz quebrada por la emoción. «Voy a ayudarla. Déjame ayudarla».
El pitbull miró a Elena, con sus ojos ámbar siguiendo su mano derecha mientras esta se acercaba al cuello de la niña. Poco a poco, la aterradora tensión abandonó sus hombros. Dio un paso atrás de apenas tres pulgadas, lo justo para permitir que el equipo de traumatología deslizara una camilla bajo el diminuto cuerpo.