La Dra. Maren regresó con un rehabilitador de fauna salvaje en el altavoz. Le pidió a Ava que le describiera el cobertizo, el arroyo y los extraños gritos que había oído durante la tormenta. Luego le pidió permiso para enviar fotos de los cuatro recién nacidos más oscuros. Ava esperó mientras la veterinaria tomaba cuidadosas fotografías. Patas diminutas. Hocicos estrechos. Patas oscuras. La tenue punta blanca de una pequeña cola.
La respuesta llegó a los pocos minutos. La Dra. Maren miró a Ava y esta vez no hubo forma de suavizar la verdad. «Son cachorros de zorro», dijo. «Cachorros de zorro rojo. Muy jóvenes» Ava se quedó mirando la cesta. Las palabras no tenían sentido y, sin embargo, de repente lo explicaban todo: el tamaño, las caras, el pelaje seco, los frenéticos arañazos de Luna en la puerta.
¿»Zorros»? Susurró Ava. «¿Pero por qué estarían con Luna?» La doctora Maren miró a la perra, que seguía de pie junto a la puerta a pesar del cansancio. «No creo que nadie los haya puesto allí. Creo que Luna los encontró» Ava bajó la mirada. Luna gimoteó, bajo y urgente, y volvió a arañar la puerta de la clínica. La voz del rehabilitador crepitó a través del teléfono. «Si ha traído cuatro cachorros, puede que haya una madriguera cerca» Luna ladró una vez. A Ava se le cayó el estómago.