Una mujer encuentra un bolso perdido y lo lleva a la policía, pero la detienen al instante

Hacía sólo tres horas, el mundo había sido diferente. Lena había salido de un edificio de oficinas, con el estómago revuelto al darse cuenta de que había fracasado en otra entrevista. «Nos pondremos en contacto», había dicho la mujer, pero sus ojos ya estaban puestos en el siguiente currículum. Lena había tropezado con sus palabras, su desesperación se filtraba a través de su barniz profesional como tinta en el agua. Necesitaba respirar, así que dio un rodeo por la vegetación del parque Halden.

El parque era un borrón de vida mundana. Un niño chillaba cerca de los columpios; una mujer luchaba con un terrier testarudo; un mensajero en bicicleta pasaba zumbando, con su bolsa roja de reparto como una raya de color primario contra el cielo gris. Lena los vio, pero no los vio. Su mente era una calculadora que sumaba frenéticamente el alquiler, las facturas de la luz atrasadas y el menguante saldo de su cuenta corriente.

Se desplomó sobre un banco de madera desgastada y hundió la cara entre las manos. Fue entonces cuando lo vio. El monedero estaba apoyado contra la pata de hierro del banco, medio oculto por un montón de hojas muertas. Parecía fuera de lugar: demasiado caro, demasiado inmaculado para el barro. Lo cogió, un instinto fatídico que repetiría miles de veces en las horas siguientes.