Mathew subía por un estrecho camino de cabras que serpenteaba por la ladera de la cresta. Su linterna se estaba apagando, y el haz parpadeaba en un tenue amarillo. La movía a derecha e izquierda, y su esperanza se desvanecía con la luz. Empezó a rezar, a regatear con la montaña, prometiéndole cualquier cosa con tal de ver el rostro de su hijo una vez más.
De repente, el viento se calmó durante un fugaz segundo. En ese espacio de silencio, Mathew lo oyó. No era un grito ni un llanto. Era un golpeteo débil y rítmico. Clack. Clack. Clack. Sonaba como dos rocas golpeándose entre sí. Mathew se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Clack. Clack. Venía de un grupo de rocas justo encima de él.