Mientras explicaba en voz baja la extraña situación a un despachador muy divertido, Sarah no apartaba los ojos de su nuevo invitado. El operador le aseguró que un equipo de rescate de animales salvajes estaba de camino, pero que tardarían unos veinte minutos. Así que esperó. Durante los siguientes veinte minutos, la mujer y el animal permanecieron completamente quietos, compartiendo un tranquilo momento cara a cara a la luz de la mañana. La hostilidad inicial se desvaneció por completo. Al final, el castor apretó sus patas palmeadas contra su redondo pecho, completamente relajado por la tranquila presencia de Sarah.
Cuando llegaron los cuidadores de animales salvajes con una caja de transporte segura, Sarah sintió un extraño y afectuoso vínculo con el pequeño. Acorralaron al peludo intruso y prometieron liberarlo directamente en el arroyo de la reserva natural.
Mientras el camión se alejaba, Sarah cerró la ventana de la cocina. Volvió al salón, se sirvió una taza de café recién hecho y sonrió. Se moría de ganas de contarles la historia a sus hijos en cuanto entraran por la puerta después del colegio.