Seis meses antes, Willow había llegado a la pequeña granja de Daphne en la parte trasera de un remolque destartalado. Su pelaje estaba apagado, se le marcaban las costillas y se sobresaltaba cuando alguien se movía demasiado rápido. La mujer que la trajo daba pocas explicaciones. Willow había sido rescatada de una finca abandonada junto con otros tres caballos.
La documentación estaba incompleta. Las fechas eran aproximadas. Alguien había dicho que Willow podría estar preñada, pero nadie sabía cuándo se había cubierto. La primera revisión lo confirmó, aunque Willow ya estaba en una fase avanzada del embarazo y demasiado nerviosa como para manipularla mucho. El doctor Okafor había advertido a Daphne de que los embarazos detectados tardíamente en los rescates conllevaban incertidumbres.
Así que Daphne organizó sus días en función de la yegua. Comidas tranquilas. Lecho limpio. Manos suaves. Sin aglomeraciones. Sin sorpresas. Se suponía que esta noche sería la recompensa por toda esa paciencia. Pero en el box, el potro respiraba bien mientras Willow seguía empujando. El doctor Okafor observaba a la yegua en lugar de al potro. Le volvió a tomar el pulso, contó en voz baja y luego le puso una mano en el cuello húmedo. —Está cansada —dijo el peón. La pregunta volvió a calar a Daphne como un chorro de agua fría por la espalda. El doctor Okafor asintió una vez. —Sí. Pero eso no explica esto.