Murat se apartó de la pared. «¿Hola?», gritó. Su voz resonó ligeramente en el garaje. No obtuvo respuesta. Esperó. Esperó. El silencio se hizo más pesado. Murat frunció el ceño, salió y echó un vistazo al patio. El aire estaba quieto. No había movimiento. No había nadie cerca. «¿Hay alguien ahí?», volvió a llamar. Seguía sin haber nada.
Caminó a lo largo del lateral de la casa, escuchando atentamente, intentando captar el más mínimo rastro de lo que había oído. Nada. Ninguna voz. Ningún sonido. Murat se detuvo. Luego se volvió hacia el garaje. En cuanto entró, volvió a sonar. Débil. Desigual. Murat se quedó helado.
Volvió a salir. Silencio. Volvió a entrar: las voces. Se le apretó el pecho. «No es posible…», murmuró. Murat sacudió la cabeza lentamente, tratando de encontrarle sentido. Entonces, sin más, el sonido cesó. Por completo. Murat se quedó de pie, mirando la pared. Escuchando. Esperando.
Nada volvió. Y de alguna manera… eso lo empeoró.