Elias había vivido allí casi toda su vida, en una pequeña cabaña de cedro situada por encima de la línea de marea. El techo goteaba cuando llovía fuerte, la estufa echaba humo cuando cambiaba el viento y las ventanas traqueteaban cada invierno. Aun así, cada mañana se despertaba agradecido.
Su mujer, Nora, había descrito una vez la cala como «un lugar duro con un corazón tierno». Hacía seis años que se había ido, pero Elias seguía colocando su taza azul junto a la suya antes del amanecer, como si aquella vieja costumbre mantuviera cerca una pequeña parte de ella.