Elias miró hacia los yates dormidos y finalmente comprendió que suplicar no le salvaría. Tampoco lo haría la ira, no del tipo que rompe ventanas o corta sedales. Necesitaba algo más frío que la ira. Necesitaba algo legal, preciso e imposible de ignorar.
Aquella tarde, fue a ver a Mara Bell, la única abogada del pueblo que aún guardaba unas botas de goma junto a la puerta de su despacho. Había crecido a dos casas de él y, en una ocasión, le había robado el cebo a su padre para pescar cangrejos en el muelle público.