Clara no llamó inmediatamente al archivo. Necesitaba ver la verdad por sí misma. A la mañana siguiente, regresó con una potente linterna industrial. Se adentró en la montaña más de lo que se había atrevido antes. El túnel era una maravilla de la ingeniería oculta, apuntalado con gruesas vigas de madera ennegrecidas por el paso del tiempo y la humedad.
En lo más profundo de la oscuridad, encontró una zona de preparación. Había cajas de madera apiladas contra las paredes, la mayoría podridas en montones de mantillo blando. Pero una, metida en un hueco seco, seguía sellada. La abrió con un martillo. En su interior había fajos de documentos protegidos por hules: papeles de identificación, mapas de ciudades extranjeras y pequeños objetos personales envueltos en tela.
En el fondo de la caja había un libro de contabilidad. Estaba escrito en un idioma que sólo entendía parcialmente, pero las columnas eran claras. No eran listas de contrabando. Eran nombres. Cientos de nombres, seguidos de fechas de nacimiento y destinos. No había sido una carrera de contrabandistas. Había sido un paso de almas. Tomó docenas de fotografías, documentando la evidencia de mil vidas salvadas.