Con la mujer completamente bloqueada, el capataz sabía que tenía que proteger a su equipo de cualquier consecuencia legal. Si la calle quedaba totalmente bloqueada por el camión de reparto, el ayuntamiento podría multar a la empresa constructora.
Sacó su teléfono y llamó a la división de control de estacionamiento de la policía local. Explicó con calma la situación al operador: tenían una zona de carga comercial legalmente autorizada, un vehículo estacionado ilegalmente que se negaba rotundamente a moverse y un camión de reparto que ahora se veía obligado a bloquear parte de la calzada para descargar.
El capataz dejó claro que quería asegurarse de que su equipo no se metiera en problemas ni recibiera una multa por la interrupción del tráfico. El agente de control de estacionamiento al otro lado del teléfono entendió perfectamente el dilema y le dijo al capataz que estaban enviando una patrulla y que llegaría en unos 30 minutos. Una vez puestos en marcha los trámites legales, el capataz regresó junto a sus hombres. «Muy bien, chicos», les animó. «Desatemos la carga y empecemos a subir esta madera por la cuesta».