Un oso trepa a un árbol en una ciudad ajetreada: el cuidador del zoo ve el vídeo y se queda helado

Elías estaba a medio preparar el café cuando su teléfono empezó a zumbar en la encimera de la cocina. Al principio lo ignoró. Su turno en el Parque Natural de Northbridge no empezaba hasta dentro de una hora y se había prometido una mañana tranquila, sin radios, gráficos de alimentación ni visitantes golpeando el cristal. Entonces apareció en la pantalla el mensaje de su hermana. Era sólo un enlace, seguido de una pregunta y un emoticono con la lengua fuera: ¿Seguro que no es uno de los tuyos? Elías casi sonrió.

La gente le enviaba vídeos de animales todo el tiempo: mapaches robando bocadillos, ciervos deambulando por supermercados, cabras fugadas subidas a coches de policía. Pero cuando abrió el vídeo, el sonido de la cafetera pareció desvanecerse tras él. Un oso estaba encaramado a un sicomoro en medio de la ciudad, con las garras clavadas en la corteza y el tráfico congelado. El vídeo era inestable y estaba demasiado enfocado, pero Elías conocía ese hombro. Conocía la pálida media luna de pelo detrás de la oreja izquierda. Conocía la forma nerviosa en que se movía cada vez que la miraba demasiada gente. «¿Mara?», susurró.

La taza se le resbaló de la mano y se hizo añicos contra la baldosa. En el vídeo, la gente gritaba. Alguien se reía. Alguien gritó llamando a la policía. Un dron zumbó peligrosamente cerca de las ramas, y Mara giró bruscamente la cabeza, asustada y acorralada. Elias no necesitó ver nada más. Si aquella multitud seguía creciendo, Mara entraría en pánico. Y si Mara entraba en pánico, la ciudad dejaría de ver un animal asustado y empezaría a ver una amenaza. Cogió su chaqueta y echó a correr.