En primavera, Edna plantó guisantes de olor. Compró las semillas en el centro de jardinería un jueves por la mañana, volvió a casa y colgó la cuerda entre dos viejos postes al fondo del jardín, los que habían sostenido un tendedero años atrás y ahora no sostenían nada. La ató con cuidado, como imaginaba que lo haría un marinero. Lily vino en coche desde la ciudad para pasar el fin de semana y plantaron las semillas juntas, apretadas en tierra oscura bajo un cielo azul pálido.
En julio, los guisantes de olor casi habían llegado a la cima. Rosas, blancos, morados, rojo intenso. Se movían un poco con el viento de la tarde, y por las mañanas Edna se paraba en la ventana de la cocina con su té y los miraba. Pensaba en su padre, que nunca había estado en un jardín. Pensó en su madre, que había estado en este mismo jardín durante cuarenta años y nunca se había permitido plantarlas. Pensó en las cosas que llevamos en silencio y en las que transmitimos sin querer, y en el largo y lento camino que a veces recorre el amor -a través de desvanes, sobres y cuerdas viejas- para encontrar a la persona a la que siempre estuvo destinado.
Tenía ochenta y tres años. No había sabido mucho de su padre hasta noviembre. Estaba junto a la ventana, a la luz de la mañana, y se sentía, de un modo que no podía explicar, en paz.