Hacía once años que no se abría el desván. Edna lo sabía porque la última vez que había bajado la estrecha trampilla del techo fue el invierno siguiente a la muerte de Harold, cuando había subido a buscar la lata de Navidad y había vuelto sin ella, llorando demasiado como para recordar por qué había subido en primer lugar. La había sellado con su dolor y la había dejado allí.
Pero hoy era diferente. Tenía ochenta y tres años, era un martes de octubre y su nieta Lily venía de visita por primera vez en dos años. Lily había mencionado, casualmente, en una llamada telefónica, que estaba estudiando historia textil en la universidad. Edna sabía que en el desván había algunas telas antiguas de la época de su madre. Se subió al taburete con cuidado, apoyando una mano en la pared, y abrió la trampilla con la palma de la mano.
Primero llegó el olor. A madera vieja. Aire frío. Algo ligeramente dulce, como cedro y tiempo mezclados. Edna encendió la linterna, la apuntó hacia la oscuridad gris sobre su cabeza y empezó a subir.