Pero de todas las ideas que la gente compartió… una destacó más que el resto. Porque no se trataba de diseño. O de almacenamiento. O incluso la creatividad. Se trataba de algo mucho más simple. Convertir el espacio en un rincón acogedor para un perro.
Al principio, parecía demasiado obvio. Pero cuanto más se pensaba en ello, más perfecto parecía. El tamaño era el adecuado. La forma cerrada le daba seguridad. Y la posición recogida le daba una sensación de comodidad que no se podría reproducir en una habitación abierta. Una cama blanda. Una pequeña luz. Una cesta con juguetes. Eso era todo.
Sin pensar demasiado. Ningún montaje complicado. Sólo un espacio que pareciera propio. Y al final, esa idea fue la que más caló en la gente. Porque demostraba algo muy sencillo: El espacio nunca había sido inútil. Sólo estaba esperando la perspectiva adecuada.