El motor de mi barco de pesca se averió justo delante de un barco fantasma a la deriva de 500 pies, y entonces ocurrió esto… 

Leo se impulsó por encima de la gruesa barandilla metálica y pisó la cubierta principal del Albatross. El mero tamaño del barco le mareó. Miles de enormes contenedores de transporte multicolores estaban apilados en altura como bloques gigantes, extendiéndose en largas filas que parecían una calle vacía de la ciudad.


El entorno le resultaba completamente extraño. El sol brillaba con fuerza y el mar estaba en calma, pero la enorme cubierta estaba completamente vacía. El único sonido era un zumbido mecánico, profundo y rítmico, que provenía de algún lugar recóndito de la sala de máquinas del barco. —¡Hola! —gritó Leo, y su voz resonó con nitidez en los contenedores metálicos antes de ser engullida por el vasto aire del océano—. ¿Hay alguien a bordo? 


Nadie respondió. El viento azotaba una correa suelta contra una pared metálica, creando un sonido rítmico de golpes que le hizo dar un vuelco al corazón. Leo agarró con fuerza su linterna y caminó lentamente hacia los amplios camarotes situados en la popa del barco.