Laura lo llevó a la cocina mientras Mark se sentaba un rato en la silla del porche, y las palabras salieron de ella a toda prisa, como si las hubiera estado conteniendo durante semanas. La mujer de Mark, Sarah, estaba embarazada de su primer hijo y había acabado en el hospital dos veces en el último mes por complicaciones. Mark se había quedado allí para que Laura pudiera llevar a Sarah a las citas médicas, mientras él reducía su jornada laboral para estar cerca.
No se lo había contado a Daniel porque no quería que se distrajera en el extranjero, preocupándose por una situación sobre la que no podía hacer nada desde el otro lado del mundo. Las flores eran de Mark, un agradecimiento por dejarles quedarse. Las vitaminas prenatales eran de Sarah, que había estado descansando arriba, en la habitación de invitados, la mayor parte del tiempo. Había instalado la nueva alarma debido a los robos que se habían denunciado en la zona y, en medio del caos de las visitas al hospital y las noches sin dormir, se le había olvidado por completo poner al corriente a Daniel.
—No quería que sintieras que tenías que arreglarlo todo —dijo Laura en voz baja—. Ya tenías bastante con lo tuyo. Daniel exhaló un suspiro que sentía como si lo hubiera estado conteniendo desde que abrió la puerta del baño; el alivio y algo parecido a la vergüenza lo invadieron al mismo tiempo. Aún le quedaba una pregunta por hacer.