Cuando Leo finalmente subió por los empinados escalones de la escalera de acceso hasta la cubierta de mando para comprobar las amarras, su relajada sonrisa se desvaneció al instante. Parpadeó con fuerza, mirando a su alrededor hacia el vasto horizonte con total confusión e incredulidad. La familiar costa rocosa, las lejanas playas de arena y el alto faro blanco que habían estado utilizando como principales puntos de referencia habían desaparecido por completo. No había nada más que mar abierto en todas direcciones.
Leo corrió hacia la proa del barco, con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas, y jadeó horrorizado. La pesada cadena de acero del ancla estaba increíblemente tensa, vibrando violentamente contra el casco de fibra de vidrio con un zumbido grave y amenazante. En las profundidades, un enorme tronco de árbol empapado que flotaba a la deriva en la corriente profunda se había enganchado en su cadena de ancla. El inmenso e imparable peso de este resto oceánico había desprendido su ancla del lecho arenoso, arrastrándola impotente por el fondo del océano. En lugar de mantenerlos a salvo en su sitio, la fuerte corriente marina había actuado como una grúa, arrastrando silenciosamente el velero kilómetros mar adentro, hacia el mar abierto.