La paz se hizo añicos al amanecer. Llegaron dos detectives de la ciudad, con sus gabardinas empapadas por la lluvia gris de la mañana. Echaron un vistazo al enorme pitbull que custodiaba el cristal e instintivamente se llevaron las manos a las fundas de sus armas. —Tranquilos, detectives —dijo Elena, entregándoles una bandeja recién preparada con cafés solos—. Él es quien la ha traído. Entró directamente por las puertas correderas con la víctima a la espalda.
El detective jefe, un hombre canoso llamado Vance, se quedó mirando fijamente las imágenes de seguridad en el monitor del vestíbulo. Se quedó con la boca abierta al ver el vídeo granuloso del pitbull, con las patas en carne viva, desplomándose para dejar a la niña en el mostrador.
—Increíble —murmuró Vance, rascándose la barbilla—. Hemos introducido su descripción en la base de datos de personas desaparecidas. No ha aparecido nada a nivel local, lo que significa que probablemente la secuestraron fuera del estado. Pero fíjate en esto. —Señaló con un bolígrafo las patas del perro en la pantalla. «Eso que tiene en las patas no es barro de la ciudad. Es arcilla roja espesa y rica en hierro. El único lugar con esa composición es la antigua cantera de ladrillos, a tres millas al norte».