Durante cuarenta años, Arthur había trabajado las tranquilas e impresionantes aguas de Whispering Cove. Si uno nunca la hubiera visto, debería imaginarse un paraíso costero oculto enmarcado por imponentes pinos esmeralda y dramáticos acantilados de granito. El agua zafiro era tan clara que se podían ver cangrejos correteando por el fondo fangoso.
Arthur no era un hombre rico; vivía de su sueldo a su sueldo en una pequeña cabaña con vistas a la bahía. Toda su existencia dependía de las duras mareas lunares, el tiempo impredecible y las migraciones estacionales de los peces locales. Era un fijo en los chirriantes muelles comerciales, y salía en su viejo esquife de madera mucho antes de que el sol pensara siquiera en salir.
No le pedía mucho a esta vida: sólo el dinero suficiente para mantener en marcha su viejo motor fueraborda y reparar sus pesadas redes. Era un hombre estoico y tranquilo que amaba profundamente la belleza aislada de su hogar costero.
Pero su paraíso pacífico y predecible, construido cuidadosamente durante cuatro décadas de trabajo agotador, estaba a punto de ser completamente invadido por una pesadilla completamente moderna.