La tormenta se había desatado justo después de medianoche, haciendo sonar las ventanas con la fuerza suficiente para despertar a Ava de un sueño superficial. Luna no estaba sobre su manta. Una mancha de barro marcaba el suelo de la cocina y la puerta trasera estaba ligeramente abierta, empujada por el viento. Ava había salido corriendo con una linterna, llamando a Luna por su nombre bajo la lluvia. El jardín era una lámina de agua plateada. Los manzanos se inclinaban con el viento. En algún lugar más allá del cobertizo, un grito agudo y fino se elevó y desapareció.
Encontró a Luna bajo el banco de trabajo del cobertizo, jadeando con fuerza sobre un nido de toallas viejas. Seis recién nacidos yacían contra ella, resbaladizos e indefensos. Ava había caído de rodillas, sollozando de alivio, y los había contado dos veces. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. En aquel momento, sólo se había dado cuenta del milagro. Luna estaba viva. Los bebés estaban vivos. La tormenta no se los había llevado.
Pero ahora, en la sala de exploración del veterinario, volvían recuerdos más nítidos. Huellas de barro cerca de la puerta del cobertizo. Arañazos en la parte inferior del marco. Un rastro de hojas mojadas arrastradas por el suelo. Y una cosa más. Los cuatro recién nacidos más oscuros habían estado más secos que los dos pálidos. Ava no lo había entendido entonces. Ahora no sabía si quería entenderlo.