Al anochecer, Luna estaba de vuelta en la clínica con sus dos cachorros reales bien arropados contra su vientre. Los cinco cachorros de zorro se reunieron con su madre bajo una cuidadosa supervisión. Más tarde, Colin siguió la pista de los cepos hasta un vecino que se había quejado de la presencia de depredadores cerca de sus gallinas y decidió encargarse él mismo.
Hubo multas, denuncias y conversaciones airadas al otro lado de la valla. Pero Ava recordaba con más claridad los detalles más tranquilos: Luna agachándose bajo la lluvia, el zorro levantando la cabeza, el pequeño gatito calentándose dentro de una toalla. El mundo casi se lo había perdido todo porque los gritos eran demasiado pequeños.
Semanas después, los cachorros de Luna crecieron redondos y ruidosos en la cocina de Ava. La familia de zorros se recuperó en un centro de animales salvajes y finalmente fue liberada lejos del arroyo. Luna no volvió a verlos, pero a veces, al atardecer, seguía observando la arboleda con ojos tranquilos y cómplices. Ava recordaba a menudo la primera frase de la Dra. Maren: «No son cachorros» En aquel momento, había sonado como si algo hubiera ido terriblemente mal. Pero en realidad había sido el principio de la verdad. Luna había dado a luz a dos cachorros y había salvado seis vidas