«¡Angela! Ven rápido!» Gritó Mathew hacia las escaleras, aunque sabía que su mujer seguía en su despacho con los auriculares puestos. Cuando ella apareció en lo alto del rellano, al ver la expresión de la cara de Mathew, su sonrisa desapareció al instante. No necesitaba preguntar. La puerta abierta y la silla vacía lo decían todo.
Salieron al porche, con el aire helado de la montaña mordiéndoles los pulmones. El patio trasero era un mar blanco y, desde los escalones del porche, había un único rastro de pisadas tambaleantes. Michael -o Mike, como prefería que le llamaran cuando se sentía «valiente»- había seguido algo directamente hacia la boca del pinar.