El olor le llegó en cuanto arrastró el traje hasta el estrecho santuario de paneles de madera de su cobertizo. Era un olor espeso y empalagoso a salmuera, algas podridas y cieno antiguo, el tipo de hedor que sólo desprenden las cosas que llevan décadas enterradas en la oscuridad. Arthur hizo una mueca de dolor, preguntándose cuántas vidas había estado aquel lienzo sumergido en las profundidades. Arrojó el bulto empapado sobre una pesada lona que había en el suelo, y la tela húmeda golpeó el plástico con un ruido sordo, pesado y húmedo.
Metió la mano en la manga del traje y sacó una de las piedras más grandes. A la tenue luz del cobertizo, no parecía gran cosa: sólo un grupo irregular de impurezas, cubierto de arena endurecida y barro gris. Era un rompecabezas feo y desordenado que le llevaría horas fregar y remojar para resolverlo, pero el cansancio por fin lo estaba venciendo. Se secó las manos en los vaqueros y salió, cerrando el candado con un chasquido.
Volvió la vista al cobertizo, con la mente ya acelerada hacia la mañana, pero poco sabía lo que el nuevo día le iba a deparar en realidad.