El camino de salida no era obvio. Pasadizos estrechos. Techos bajos. Giros que parecían todos iguales. Pero avanzaron sin vacilar. Murat los seguía de cerca, observando cada paso, cada curva, intentando recordar, pero rápidamente se dio cuenta de que no podía. No como ellos. Al cabo de un rato, el aire empezó a cambiar. Menos viciado. Más fresco. Luego luz. Débil al principio. Luego más claro.
Mientras caminaban, el más tranquilo habló, mirando a Murat. «Este lugar… no son sólo túneles», dijo. «Continúa por un largo camino» Murat le miró. «¿Lo has explorado?» «Una parte», respondió el hombre. «Habitaciones, pasadizos… hemos encontrado cosas ahí abajo. Viejas vasijas. Herramientas. Cosas que aún podríamos usar»
El tercer hombre dejó escapar un pequeño suspiro. «Quienquiera que lo construyera… no lo hizo pequeño» Murat miró al hombre mayor. «¿Cuánto tiempo llevas aquí abajo?» El hombre no aminoró el paso. «Un rato», dijo. «Los otros llegaron hace sólo un par de días» Una breve pausa. Eso le sentó bien a Murat. Luego el hombre mayor añadió en voz baja: «Antes de eso… sólo estaba yo» Murat miró hacia atrás una vez.
La oscuridad se extendía tras ellos. Interminable. Entonces atravesaron una estrecha abertura y salieron al aire libre.