La sorpresa final es la terraza. Está situada un poco más abajo que la casa, de modo que desde el jardín casi desaparece entre la hierba y las flores silvestres. Clara la utiliza para desayunar en verano, tomar algo con los amigos por la noche y hablar por teléfono con su hermana. Una sencilla mesa de madera, unas cuantas sillas desgastadas y unas luces de cuerda la mantienen relajada en lugar de lustrosa.
Vivir en una casa invisible conlleva pequeñas y extrañas tareas: limpiar las huellas dactilares, proteger a los pájaros con sutiles marcas en el cristal y ventanas que requieren más cuidados que las paredes de ladrillo. Clara lo acepta todo con buen humor. Para ella, la casa no es un truco de magia, sino un recordatorio diario de que hay que vivir con más ligereza. Refleja el tiempo, las estaciones y el estado de ánimo del paisaje que la rodea. Algunos días brilla en plata. Otros casi desaparece bajo la lluvia. Y en las tardes despejadas, cuando la puesta de sol tiñe de oro el cristal, Clara sigue sonriendo, asombrada de que su tranquilo sueño se haya hecho realidad.