La terraza que revela todo el secreto
La sorpresa final aguarda de nuevo en el exterior. Detrás de la cueva, a la que se accede por una estrecha puerta lateral, una pequeña terraza de piedra se asienta en la ladera de la colina. Desde la carretera, nadie la ve. Desde la terraza, Marta lo ve casi todo: los campos, los tejados del pueblo, el sendero y el pequeño recodo donde la gente suele pararse a mirar la puerta de su casa.
Es su broma silenciosa con el mundo. Todos creen que la cueva la esconde, pero desde esta terraza Marta ve más de lo que ve la mayoría de la gente. Aquí guarda dos sillas, aunque vive sola. Una es para ella y la otra para quien la visite. Entre ellas hay una mesita, donde suele llevar limonada en verano o té en invierno. Alrededor, lavanda, tomillo y flores resistentes crecen en el suelo rocoso.
Al atardecer, la cueva conserva el frescor del día mientras el cielo se tiñe de rosa sobre el valle. Marta se sienta fuera y mira desde la casa que todos le dijeron una vez que no construyera. Imaginaban oscuridad. Ella construyó calor. Imaginaron soledad. Ella creó un lugar que la gente pide visitar. Imaginaron una cueva. Marta imaginó una segunda vida, y luego, con terquedad y belleza, se adentró en ella.