Lo sorprendente es lo sencillas que son estas soluciones. Una de las herramientas más eficaces no es un aparato de limpieza caro. Es un cuchillo de mantequilla. Envuelto en una toalla de papel, se desliza por las pequeñas grietas que rodean el asiento y las bisagras del inodoro, donde nunca llega la limpieza habitual. Y una vez que la gente lo prueba, suele descubrir algo desagradable casi de inmediato. No grandes cantidades de suciedad.
Sólo lo suficiente para explicar el olor que nunca desaparece del todo. Lo mismo ocurre con los tornillos pequeños y las grietas ocultas. La mayoría de la gente pasa la bayeta por encima en lugar de por dentro, lo que significa que la suciedad se acumula lentamente donde es más difícil darse cuenta. Y luego está el depósito. La parte que casi nadie limpia. Ojos que no ven, corazón que no siente… hasta que la abres y te das cuenta de que el agua que alimenta el inodoro ha estado en contacto con capas de suciedad todo el tiempo. Ahí es donde un ingrediente inesperado comienza a aparecer una y otra vez-
Ácido cítrico. No para fregar. Pero para una de las maneras más fáciles de limpiar su inodoro: