Ella no vino de la dirección que esperábamos. No desde abajo, donde estábamos parados, sino desde más arriba, ya en parte de la ladera, como si hubiera estado allí todo el tiempo. Al principio no nos habíamos dado cuenta. Y de alguna manera, eso hizo que su presencia se sintiera aún más natural. «Estáis mirando la casa. Soy Mara», dijo. Asentimos con la cabeza, tratando de adivinar de dónde venía. Siguió nuestra mirada y esbozó una pequeña sonrisa casi cómplice. «Esa es mi casa, puedo llevaros arriba», añadió.
No había ningún camino visible. Eso era lo primero. Desde donde estábamos, la pendiente parecía irregular, impredecible, como algo que había que descubrir paso a paso. Pero a medida que la seguíamos, la montaña se movía. Empezaron a aparecer marcas sutiles. Ligeros desniveles en el suelo. Secciones en las que la hierba se había aplastado con el tiempo. No era un sendero. No en la forma en que entendemos uno. Pero mientras la seguíamos, la montaña cambió. Marcas sutiles comenzaron a aparecer.
Ligeras hondonadas en el suelo. Secciones donde la hierba había sido presionada con el tiempo. No era un sendero. Al menos, no uno que notaras a menos que ya estuvieras en él. Una vez arriba, nos sorprendió el interior: