El primer paso
Al amanecer, la transformación era poco menos que un milagro. Max estaba sentado, apoyando su peso en la pared, pero con la cabeza bien alta. El Dr. Aris regresó por la mañana, con los ojos muy abiertos al entrar en la habitación. «He leído sobre estas recuperaciones, pero verlo es otra cosa», admitió, arrodillándose para rascar a Max detrás de las orejas, evitando el lugar donde había estado la garrapata.
Ahora venía la verdadera prueba. La parálisis se había desvanecido, pero los músculos de Max se habían atrofiado tras meses de inactividad. Había que ver si podía andar. El técnico trajo un arnés especializado con asas para ayudar a sostener su peso. Sarah estaba en el otro extremo de la habitación, con las manos sobre la boca y el corazón latiéndole con fuerza. «Vamos, Max», susurró. «Ven a mí, muchacho»
Las piernas de Max temblaban como gelatina. Dio un paso vacilante y la pierna izquierda se le resbaló. El técnico lo agarró y le sujetó las caderas. Max gruñó, un sonido de pura determinación que Sarah no había oído en años. Ajustó su postura, dio un segundo paso y luego un tercero. Se tambaleaba como un cervatillo recién nacido, pero se movía. Llegó hasta Sarah y se desplomó en sus brazos, moviendo la cola con tanta fuerza que le temblaba toda la espalda.