Cuanto más leía Arthur, más extraña y segura le resultaba la maleta. No había pertenecido a un espía ni a un criminal. Había pertenecido a alguien llamado profesor Emil Varga, un historiador de la alimentación que se había pasado la vida estudiando antiguas recetas de café de todo el mundo.
El tictac formaba parte de una máquina poco común. Según el diario, se había utilizado para gotear pequeñas cantidades de sabor fuerte en el café mientras se preparaba. No era una cuenta atrás. Era un temporizador. Un precioso y diminuto reloj de otra época. Arthur soltó una carcajada y se tapó la boca, divertido. Había estado a punto de llamar a la policía por una cafetera.
Sin embargo, algo en el descubrimiento le oprimió el pecho. Las notas eran demasiado cuidadosas. La máquina era demasiado rara. No era chatarra. Era el tesoro de alguien. Y si el profesor Varga seguía vivo, Arthur sabía que la maleta no le pertenecía de verdad.