Arthur se obligó a respirar. Había pasado cuarenta años resolviendo problemas con calma. Los números no le asustaban. Los errores no le asustaban. Sabía que el pánico sólo hacía que la gente se descuidara. Así que se dirigió al fregadero, se puso un par de gruesos guantes amarillos de fregar y buscó una larga cuchara de madera.
Apartándose todo lo que pudo, Arthur utilizó la cuchara para apartar el terciopelo. Debajo vio latón pulido, tubos de plata y tres pequeños frascos de cristal llenos de un líquido ámbar. El líquido se movía lentamente, como la miel. A un lado había un mecanismo de relojería con pequeñas ruedas que giraban en su interior.
Parecía antiguo, pero también cuidadosamente fabricado. Demasiado cuidadosamente. Arthur se acercó, aunque todas sus fuerzas querían salir corriendo. Había una inscripción grabada en el latón. Era pequeña, curva y elegante. Cogió la lupa con dedos temblorosos.