Durante todo el trayecto, Arthur no dejó de mirar la maleta. Estaba sentada a su lado como un pasajero silencioso. Cada vez que se detenía en un semáforo en rojo, se preguntaba a quién pertenecería. ¿Un espía? ¿Un viajero rico? ¿Un escritor? ¿Alguien que había cruzado el mundo y luego había desaparecido sin su equipaje?
Cuando llegó a su apartamento, su mente estaba llena de ideas descabelladas. Sabía que eran tontas, pero las disfrutaba de todos modos. Durante años, los días de Arthur habían sido predecibles. Desayuno a las ocho. Paseo a las diez. Té a las cuatro. Cena solo. A la cama antes de las once.
Esta maleta había roto ese patrón. Le había despertado la curiosidad. Le había hecho sentirse despierto. Por eso recogió la mesa del comedor, cogió sus gafas de leer y colocó la maleta bajo la cálida lámpara amarilla. No tenía ni idea de que en unos minutos se alejaría de ella con miedo.