Compró una maleta sin reclamar en una subasta y lo que descubrió en su interior le dejó atónito..

Arthur no era el tipo de hombre que toma decisiones alocadas. Era contable jubilado y, durante la mayor parte de su vida, le habían gustado los días tranquilos, las habitaciones ordenadas y los números que siempre cuadraban. Pero aquella mañana, la lluvia había golpeado sus ventanas y el silencio en su apartamento se había hecho más pesado de lo habitual.

Así que se había puesto su viejo abrigo marrón y había cruzado la ciudad en autobús hasta la subasta municipal de transportes. El lugar era ruidoso, estaba abarrotado y lleno de objetos extraños abandonados en aeropuertos, trenes y autobuses. Había teléfonos, bolsos, relojes, auriculares y cajas que nadie había abierto todavía.

Arthur sólo había ido allí para mirar. Al menos, eso se dijo a sí mismo. Pero entonces el subastador señaló el lote 42, una maltrecha maleta de cuero cubierta de borrosas pegatinas de viajes de El Cairo, París, Viena y Roma. Por razones que Arthur no podía explicar, de repente la deseó.