Cuando cae la noche, el acogedor salón se transforma en el dormitorio privado de Evelyn. Colocando los cojines de espuma del sofá sobre una plataforma de madera elevada, Evelyn crea una cama aislante que le sirve de apoyo. La plataforma la mantiene elevada unos centímetros del suelo, evitando que el aire frío de la noche filtre su calor corporal. Todas las mañanas se enorgullece de hacer la cama con esmero y dignidad.
Para combatir las gélidas temperaturas invernales, Evelyn confía en un saco de dormir de alta calidad para temperaturas bajo cero que le ha regalado un trabajador social local. Lo cubre con varias mantas de lana gruesa, bien apretadas para que no se escape ni una pizca de calor. Una pequeña almohada de viaje, envuelta en una funda de algodón recién lavada, completa el conjunto. A pesar de su sencillez, la cama le ofrece una noche de sueño extraordinariamente tranquila, protegida del viento por las gruesas paredes reforzadas.
La seguridad es primordial para una anciana que vive sola en la calle, por lo que su cama está estratégicamente situada. Desde su almohada, tiene una vista despejada de la trampilla reforzada de la puerta, que cierra por la noche con un pesado pestillo deslizante. Justo al lado de la entrada hay una pequeña alarma de movimiento que funciona con pilas, lista para emitir una fuerte campanada si alguien se acerca. Esta sencilla medida defensiva permite a Evelyn dormirse sintiéndose totalmente segura en su santuario oculto.