Al atravesar la pesada lona que hace las veces de puerta principal, se descubre un espacio habitable sorprendentemente ordenado. Evelyn ha organizado meticulosamente el interior para aprovechar al máximo cada centímetro cuadrado de la habitación principal de cuatro por seis pies. El suelo está forrado con gruesas capas de cartón ondulado, cubiertas por un par de vibrantes alfombras tejidas de una tienda de segunda mano que mantienen a raya el frío húmedo de la tierra. Parece mucho más una cabaña rústica que un campamento urbano temporal.
Contra la pared del fondo está su mayor orgullo: un sofá improvisado hecho con cajas de leche de plástico unidas con bridas. Cubrió las cajas con un denso relleno de espuma rescatado de un viejo colchón y lo cubrió con una manta de cuadros escoceses. Durante el día, le sirve de rincón de lectura y comedor, y le ofrece un lugar cómodo para descansar sus doloridas articulaciones. Las cajas de debajo son un valioso almacén oculto para su escaso vestuario de invierno y sus mantas de repuesto.
Iluminar el espacio sin ventanas de forma segura fue todo un reto, pero Evelyn evitó las peligrosas velas y optó por la tecnología moderna. Una ristra de luces LED a pilas serpentea por los palés del techo, proyectando un cálido y reconfortante resplandor sobre la pequeña habitación. En un estante de la esquina hay una pequeña radio a pilas que le hace compañía con un murmullo de jazz o las noticias de la noche. En este tranquilo e iluminado rincón de la ciudad, el caos del mundo exterior se desvanece.