Mark no necesitó preguntar por ahí para saber que el vecindario se había puesto oficialmente en contra de todo aquello. Podía oírlo. A la segunda semana, la gente había dejado de bromear y había empezado a quejarse. Cada vez que salía a la calle, parecía que alguien sacaba el tema: por encima de la valla, desde la acera o mientras frenaba cerca del buzón.
Un vecino dijo que el patio se había convertido en un adefesio. Otro dijo que era un peligro de incendio. Otro dijo que estaba seguro de que la comunidad de propietarios no lo permitiría si supiera lo mal que había quedado. Resultó que ya lo sabían.
Al parecer, algunos vecinos llevaban días enviando fotos del patio trasero de Darren por correo electrónico a la Asociación de Propietarios y, para entonces, ya era imposible ignorar las quejas. La gente hablaba de seguridad, de gomas apiladas, del calor del verano y de lo que podría pasar si se incendiaba todo. Mark no quería verse arrastrado a nada de eso, pero como vivía justo al lado, acababa en medio de todas las conversaciones.
Y cuanto más oía, más evidente se hacía una cosa: ya no se trataba sólo de cotilleos de barrio. Se estaba convirtiendo en un verdadero problema.