¡Unos exploradores encontraron una forma misteriosa atrapada en un iceberg, abrieron la escotilla y salió a la luz la verdad congelada!

El ingeniero metió la mano en el compartimento, desmontó con cuidado el pequeño carrete metálico de cinta y limpió una gruesa capa de suciedad marina cerca de la base del transmisor. Bajo esa costra, un emblema rojo descolorido acabó por aparecer bajo el foco: una estrella dorada situada sobre una hoz y un martillo cruzados. La expresión del ingeniero se volvió solemne al darse cuenta de que estaban ante el escudo oficial de la ya desaparecida Unión Soviética.

Conectó la bobina de cinta a un reproductor de audio portátil que sacó de la mochila del equipo de rescate y pulsó el botón de encendido. La grabación en ruso, salpicada de estática, resonó entre el silencio de la nieve por última vez. «Es una señal de socorro militar soviética estandarizada en bucle», explicó el ingeniero en voz baja, traduciendo a medida que se reproducía la grabación. «Dice: Mayday, Mayday, fallo en la entrada de la nave orbital, baliza de recuperación automática activa, solicitamos evacuación inmediata».

Señaló la cubierta exterior carbonizada de la esfera, haciendo hincapié en las baldosas del escudo térmico derretidas que recubrían la parte inferior. «Se trataba de un satélite espía no tripulado de la Guerra Fría, de 1972. Durante la reentrada, sus retrocohetes debieron de fallar, lo que provocó que se estrellara en la Antártida en el más absoluto secreto. El radar soviético lo perdió de vista y, al no haber forma alguna de rastrearlo aquí, quedó abandonado en el hielo».